Atraparon al terror de los niños
Junio 14, 2007
Ayer, descansando el esfuerzo que supone contestar correos electrónicos -para mí, detrás de cada correo electrónico hay un cliente-, me enteré en Reforma.com que habían atrapado al Coco. Inmediatamente dejé de ver la pantalla, solté el mouse y alejé la mano izquierda del tablero, como si hubiera tocado una parrilla recién apagada. Ni la máquina del tiempo mejor diseñada (en el proyecto hubieran participado Steve Jobs, Richard Branson, Peter Greenaway y Julio Verne) me hubiera situado tan rápido en mi niñez.
Recordé, como recordaremos muchos, los ojos secos de tanto no dormir por voltear a ver el armario o el techo, imaginando cómo era ese señor o ente que siempre estaba al acecho, tras la puerta del propio cuarto o de la casa, esperando a que no comiéramos, no hiciéramos la tarea o no guardáramos los juguetes. Yo lo imaginaba blanco, amorfo, enorme, con pelos blancos como mechas saliéndole del cráneo y de la barba, vestido con andrajos onda grunge. No sé si por confusión de mitos el Coco tenía un costal o si al Sr. del Costal le habían asignado mi colonia (por Lindavista) o si el Sr. del Costal era monstruo y comerciante y le vendía costales al Coco; en fin, tampoco ayudaba que mi abuelo tuviera una panadería.
Me imaginaba ya dentro del costal, cargado por el Coco quien hacía transacciones con mi abuelo comprándole costales: no pus los de harina se me resbalan, mejor de azúcar Don Benja, y mi madre regateando el precio por mis huesos y luego mi madre contando el dinero para comprar leche, pero ¿para qué quería más dinero para la leche si ya no estaba su querubín y sólo hubiera quedado mi hermana Paola?
No sé qué horrores tengan ahora los niños, quizá al Sr. Virus del Sida, a la a lo mejor sólo tienen miedo a La Vieja de la Clave y se les olviden todas sus passwords y números de usuario de entrada al Blogger, Hi5, Youtube, Hotmail, Yahoo, Gmail, SecondLife, Flickr, Ringo…
En fin, de esos monstruos no sé como se protejerán, pero niños del mundo, el Coco se encuentra detenido, se llama Marcelo Fernando Martínez Gonzálezy cometió su última fechoría al privar de la vida a una maestra en el Colegio Churchill, bajo la influencia de ciertos alcaloides.
Pocas personas tan ruines
Junio 7, 2007
En México, país riquísimo en malabares lingüisticos donde reina el albur, los apodos gobiernan y los piropos se extinguen, se encuentra un ave rara que surca el imaginario popular y sirve, si es que eso sirve para algo, para denostar a alguien: los insultos compuestas. Ejemplos, hay varios: el chingaquedito, el mátalascallando, el lamehuevos, la nalgafloja y su contraparte el pitofácil, el robachicos, el comecuandohay o el comesolo o su pariente el sinamigos, el muerde almohadas y su fiel cómplice el soplanucas. Hay peores personas y ellos merecen peores apelativos, uno de esos casos es con el que quiero contribuir a este neovocabulario: el robacocaínas. Este tipo o tipa irá a tu casa o te acompañará después de una borrachera finjiendo con una buena charla, beberá copas contigo, es más, hasta invitará las chelas o los tragos. Para ganar confianza se esnifará un par de rayas contigo y tú, blandito, dejarás la bolsa o el papel a disposición, pero, en el momento cumbre de la noche, cuando la cocaína deja de ser un vil atractivo a convertirse en artículo de primera necesidad, te darás cuenta que te han birlado tu cachito de cielo.

